¡Somos “conservadores”, pero no anticuados! Nos aferramos a las enseñanzas bíblicas e ortodoxas de nuestros padres, pero nos esforzamos por proclamar la Verdad de Dios lo más imaginativamente y creativamente posible.
— Iglesia Briarwood

Una breve historia de la Iglesia Presbiteriana en América (PCA)

 Briarwood Presbyterian Church

Briarwood Presbyterian Church

La PCA fue organizada durante una Asamblea Constitucional en diciembre de 1973, originalmente con el nombre “National Presbyterian Church”, el cual fue cambiado a “Presbyterian Church in America” (PCA) en 1974. La PCA se separó de la “Presbyterian Church in the United States” (sureña) en oposición al liberalismo teológico que se estuvo desarrollando por un largo tiempo, el cual negaba la deidad de Jesucristo y la inerrancia y autoridad de las Escrituras. Además, la PCA cree en la posición histórica del papel de la mujer en el liderazgo de la iglesia.

En diciembre de 1973, delegados que representaban 260 congregaciones con más de 41,000 miembros que se habían separado de la “Presbyterian Church in the United States” (PCUS) se reunieron en la iglesia Briarwood de Birmingham, Alabama, y organizaron la “National Presbyterian Church”, la cual un poco más tarde se convirtió en la “Presbyterian Church in America” (PCA).

En 1982, las iglesias de “Reformed Presbyterian Church, Evangelical Synod” se unieron a la PCA. “Reformed Presbyterian Church, Evangelical Synod” se formó en 1965 cuando se unieron “Evangelical Presbyterian Church” y “Reformed Presbyterian Church in North America, General Synod”.

Actualmente, la PCA es una de las denominaciones evangélicas de mayor crecimiento, se compone de 1,700 iglesias y más de 335,000 miembros en los Estados Unidos y Canadá. Tiene además: 590 misioneros de tiempo completo, 430 misioneros de tiempo reducido, 6,800 trabajadores en viajes misioneros de dos semanas, todos sirviendo por todo el mundo. Además tiene 166 capellanes en las diferentes ramas del ejército, ministra en más de 116 colegios y universidades de Estados Unidos, tiene instalaciones y un centro de conferencias de 902 acres en las montañas de Carolina del Norte y provee educación a través de su colegio y seminario teológico, Covenant College and Seminary.

La PCA es una denominación reformada y presbiteriana. La palabra “presbiteriana” indica que el gobierno de la iglesia es representativo (por “ancianos”, que son los “presbíteros”, según 1 Tim. 4:14). Iglesias de tal preciosa fe en una región constituyen un presbiterio representado por sus ancianos (“ancianos en cada ciudad” Tito 1:5). Esta representación celebra anualmente una Asamblea General, que a su vez, dirigida por los mismos ancianos en comités y agencias, ayuda a guiar la obra de expandir el Reino de Dios (como se lee en Hechos 11 y 15, cuando el concilio de Jerusalén con apóstoles y ancianos) y deciden algún asunto de importancia doctrinal.

¿Qué quiere decir, o qué es, una denominación “reformada”? Para responder, es necesario regresar a un simple resumen de la historia del cristianismo a través de los tiempos.

 La iglesia en la Biblia.

La Biblia enseña que la iglesia primitiva, en el periodo del Nuevo Testamento, es aquella que nuestro Señor Jesucristo vino a fundar (Mat. 16:18 “yo edificaré mi iglesia) en cumplimiento de las promesas que Dios había dado a su pueblo. Queda claro por las Escrituras, que Cristo es el único Señor, Dueño, Cabeza, Roca, Piedra angular y  fundamento de tal pueblo (Salmo 118:22; Mat. 16: 18; 1 Ped. 2:4; 1 Cor. 3: 11). El pueblo que reconoce la persona y confía en la obra de Jesucristo es instituido como su iglesia, la cual también es su cuerpo (Ef. 1: 23; Col. 1:18). Por lo tanto, hay “un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, el hombre” (1 Tim. 2: 5). La iglesia es todo el pueblo de Dios, de todos los tiempos, quienes ejercen fe en Su promesa de salvación por la persona y obra de Cristo, y esta aplicada por la obra del Espíritu Santo, dando fe al pecador para que vea y entre en el reino de Dios (Juan 3:3,5). Este grupo de personas, a quienes Jesucristo constituye su cuerpo, es edificado sobre el fundamento de los “apóstoles y profetas” (Ef. 2:20), quienes, a su vez, son los autores de la Biblia (2 Ped. 1: 21); y por tales escritos (la Biblia) se comunica únicamente y fielmente la voluntad de Dios y la autoridad e identidad de la iglesia (2 Tim. 3:15-17). La iglesia es la casa del Dios viviente, “columna y baluarte de la verdad” (1 Tim. 3:15). Toda iglesia local que confiesa a Cristo (Mat. 16:16) participa de este origen y legado.

 La iglesia después de la Biblia

Terminado el periodo del cual testifica el Nuevo Testamento, o sea con el libro del Apocalipsis (años 98 d. de C.), los creyentes en Jesucristo continuaban reuniéndose en diferentes localidades, principalmente en casas; luego en catacumbas, etc., puesto que el cristianismo era visto por el Imperio Romano en sus primeros 300 años como una secta judía, o un grupo ilegal, sin ser una legítima institución divina. Cuando ocurre la conversión del emperador Constantino, el cristianismo asumió el rol de la “religión oficial del Imperio Romano” (años 323 d. de C.). En las siguientes épocas de la edad medieval (500 d. de C. hasta 1,500 d. de C.) las creencias y prácticas de la iglesia fueron absorbiendo un sincretismo con las culturas paganas y adoptando doctrinas supersticiosas, inventadas por humanos, sin claros ni sólidos fundamentos bíblicos. Esto mismo era algo que la Biblia ya había previsto (1 Tim. 4:1-3; 2 Ti. 4:3;  Pe. 2:1; He. 20:30).

 Debido a que la Biblia no estaba a la mano del pueblo o de sus líderes y por las adiciones de costumbres de los pueblos donde la fe iba llegando, trajeron un sincretismo no bíblico a la forma, entendimiento y práctica de la iglesia. La iglesia comenzó a formar estatutos humanos, prescritos por hombres, que, quizás con buena intención, contradecían la fe cristiana “una vez dada a los santos” (Judas 3). Durante los siglos IV al XIV, la iglesia fue adquiriendo una organización y estructura enorme, pero también con errores doctrinales. En el siglo XIV las condiciones de tales creencias y prácticas de la iglesia dieron oportunidad a voces de protesta que llamaban a ‘reformar’ la iglesia. Y en los siglos XV y XVI (1400-1500 d. de C.) surgieron diferentes movimientos y personajes que promovían reformas espirituales en la iglesia, por lo cual esta época fue denominada “la Reforma” (1500 d. de C.). En Europa Central surgen voces de Reforma: en Suiza, el reformador Zuinglio (1484-1531); en Alemania, Martín Lutero (1483-1546); en Francia, el reformador, Juan Calvino (1509-1564). Estas voces despertaron una ola de protesta contra las creencias expuestas por la iglesia entonces dominada por el sistema papal de Roma y fueron llamadas “protestantes”. La Reforma fue un movimiento introducir cambios en la iglesia para conformarla de manera precisa a las creencias y prácticas demostradas solamente por la correcta interpretación de la Biblia.

 La Iglesia Reformada en el presente

Por lo tanto, la Iglesia Reformada actual es una iglesia que, al igual en la época de la Reforma (1500), cree apasionadamente en el Evangelio y las doctrinas de la gracia de Dios que liberan a los hombres de la ignorancia. Tales enseñanzas de la gracia de Dios rompieron el yugo idólatra de las “doctrinas de demonios” (1 Tim. 4:1). Para una Iglesia Reformada la única respuesta al interrogante “¿Cómo se vive la vida y cuál es el camino a Dios?” es: la vida y el camino a Dios está solo en la Biblia, sólo por medio de la gracia, sólo en Cristo, sólo por la fe y sólo para la gloria de Dios. Esto es el fundamento de la PCA.

 La PCA sostiene seis principios fundamentales para cualquier denominación reformada: (1) Las Escrituras, (2) La Soberanía de Dios, (3) El Pacto de Gracia, (4) La Ley de Dios, (5) La Iglesia, y (6) El Reino de Dios.

 1. Las Escrituras

La Biblia es la Palabra de Dios, inspirada, infalible, inerrante (no contiene errores) en todo lo que afirma. La Biblia es la única regla de fe y práctica para el creyente. La Biblia es nada menos que la forma en que Dios revela Su persona y Sus propósitos por medio de estos escritos inspirados conocidos como “las Santas Escrituras” (2 Tim. 3:15), o simplemente, “la palabra de Dios.” Dios ha escogido revelar Su persona y plan a través de estilos literarios que se encuentran en la Biblia: anécdotas, historias, poesías, evangelios, epístolas, etc. Todos estos son formas literarias usadas por Dios por medio de los autores humanos que comunican por escrito la voluntad de Dios.

Las personas de hoy (siglo XXI) todavía necesitamos una guía para responder a preguntas que definen nuestra humanidad, preguntas como: ¿Cómo se desarrolla la vida del ser humano? ¿Qué cosas están mal con el mundo? ¿Cómo se soluciona el problema de mi corazón? ¿Cómo debemos de vivir en una sociedad con diferente orientación sexual, feminismo, racismo, materialismo, consumismo, avances genéticos y tecnológicos? ¿Qué es el ser humano? ¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué hay maldad en el mundo? ¿Cuál es el remedio para los problemas del mundo? ¿A dónde iremos al morir? Estos y otros interrogantes encuentran respuesta en la Palabra escrita por Dios, la Biblia.

Pero la Biblia no responde a estas preguntas como lo hace un diccionario, sino que estas preguntas son respondidas dentro de una narración histórica, un drama de amor y redención que despliega toda la historia del ser humano. La historia del ser humano está ligada al plan de Dios para redimir (salvar) a un pueblo. En esta historia (presentada en la Biblia) el protagonista principal no es el ser humano ni sus preguntas o intereses personales, sino el Dios Trino, el Creador que busca salvar al hombre por la obra y la persona de Su Hijo Jesucristo. La Biblia es, principalmente, el relato del Dios Trino preparando, deseando y cumpliendo amorosamente Su venida al mundo para lograr la salvación de Su pueblo, a través de la persona y obra de Jesucristo.

Las palabras y relatos de la Biblia “no son de interpretación privada” (2 Pe. 1: 20), lo cual significa que la Biblia no está para apoyar nuestros proyectos personales, nuestros pensamientos o deseos o esfuerzos o nuestros planes para ser felices por nosotros mismos, ni trata la Biblia de cómo vamos a servir a Dios. ¡No! La Biblia testifica que su tema central es Cristo y su obra a favor de su pueblo (Lucas 24:24; Ef 1:11). La correcta interpretación de la Biblia es siempre buscar en su lectura la perspectiva Cristo-céntrica y Evangelio-céntrica. La Biblia, como mencionamos brevemente antes, enfoca los pactos de Dios con individuos elegidos, por medio de los cuales Dios establece una relación de amor y compromiso. Estos pactos, desde Génesis hasta Apocalipsis, siempre se enfocan y se cumplen en Cristo: “todas las promesas de Dios son en él Sí y en él Amén…para la gloria de Dios (2 Co 1:20). Eso indica que la verdadera solución al problema humano descansa en la persona y obra de Cristo como la respuesta a todas las búsquedas y anhelos del corazón humano. Tales búsquedas son sólo una manera de justificación ante Dios y ante nosotros mismos. Dios, quien conoce el corazón, ha proveído la justificación del ser humano solo en Cristo, la cual es recibida solamente por medio de la fe.

La justificación del pecador ante Dios por fe en Cristo Jesús es el mensaje principal de la Biblia, el corazón del evangelio (las buenas nuevas).

2. La Soberanía de Dios

La segunda marca de la PCA es el fundamento bíblico de que Dios es Soberano, esto es que Él está en control de todo en la vida, incluyendo lo bueno y lo malo. Dios es soberano como dueño, creador, autor coordinador, director, planificador de todo como Creador. Dios es soberano también como Proveedor y Sustentador de todo, “todas las cosas en Él subsisten” (Col 1: 17; He 1:3). Por lo tanto, Dios es Soberano en dos maneras: (A) en Su Providencia y (B) en Su Salvación.

 Dios es Soberano en Su Providencia — Esto significa que Él dispone todos los sucesos de la vida por Su pura sabiduría y beneplácito y para el fin y el propósito de glorificarse a Sí mismo, lo cual es la verdadera felicidad para Sus criaturas. Dios es soberano en todo lo que le sucede al ser humano. La voluntad de Dios prospera al hombre, como a José (Ge 50: 19-20), Job (Job 1-2), etc. La Biblia dice: “...porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí… que digo, ‘Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero…lo he pensado y lo haré’” (Isa 46: 9-11). Aún lo más horrible, la ejecución de Su Hijo Jesucristo, es el cumplimiento de Su plan, o sea, Su providencia, pues la Biblia dice: “A éste [Jesús], entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole” (Hch. 2:23; 4: 28). Dios está en control de todo lo que comprendemos como bien o mal (Ex. 4:12; 1 Sa. 2: 6-7; Pr 16:4; Ec 7:14; Lamentaciones 3: 37; Amos 3:6, Hechos 2:23; 4: 28).

 Dios es Soberano también en Salvación — El mensaje de la Biblia es simplemente expresado por Jonás en el vientre del pez: “La salvación es de Jehová” (Jonás 2:9). Si los seres humanos han de ser salvados de tal condición pecaminosa que los describe como “muertos en delitos y pecados” (Ef. 2:1), Dios tiene que “dar vida” (v.5); Él tiene que desearlo, planificarlo, ejecutarlo y aplicarlo al pecador, puesto que el pecador está muerto, o sea, no tiene capacidad de buscar a Dios. Esta es la razón por la cual Cristo vino: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). Por Su obra, Jesucristo no nos ofrece una opción para salvarnos, sino “efectúa la salvación”, “habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados, por medio de Sí mismo” (Heb. 1:3). Es por esto, que los creyentes se bautizan en “el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mat. 28:19), ya que el Dios Trino es el autor de su salvación. Dios, en su soberanía, eligió; Cristo ejecutó la salvación del pueblo; y el Espíritu aplica tal salvación a las personas a través de la historia humana

Dios es soberano en la salvación puesto que el creyente ha sido elegido, por Dios, antes de nacer (Ef. 1:3 “habiéndonos elegidos en Él antes de la fundación del mundo”. Ver 1 Pe 1:2; Hechos 13:48). Como la Biblia dice: “Jehová tu Dios te ha escogido…no por ser vosotros más que todos…sino por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres (aquí se refiere al pacto de Abraham, Gen. 12:1-3)…”. La Biblia enfatiza la soberanía de Dios en salvación al subrayar el tema de la elección y la predestinación de Su pueblo (Ro 8:29-30; 11:1-6, 22-36; Ef 1:3-14; 2:19-22; Col 1:9-2:7; 1 Pe 1:1-2; 2:7-10). Aún la salvación al recibir a Cristo (Juan 1:12) es posible solamente por voluntad de Dios deseando que así sea (Juan 1:13).

 3. El Pacto de Gracia

Otra marca de la PCA es la idea de que Dios se relaciona con el ser humano a través de pactos. La Biblia nos enseña que Dios es un Dios de Pactos. Con solo mirar las dos divisiones fundamentales en la Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento, estamos siendo introducidos a la naturaleza de la Biblia como un mensaje dado en pactos. Esta palabra, “pacto” (o testamento) en la Biblia es un contrato solemne, iniciado por Dios, donde Él establece la relación que se espera. Tal pacto consta de tres partes: (1) una promesa, (2) un juramento y (3) una ratificación por medio de un ritual que señala o confirma tal promesa o juramento (conocido en la Biblia como “señal y sello” (ver Ro. 4:11). A estas señales se les llama también en las iglesias “ordenanzas”).

 En la Biblia, Dios solamente entra en relación con algo o alguien por medio de un “pacto”. Leemos del “pacto con el día y la noche” (Jer. 33: 20, 25, o sea, la creación), con Adán (Oseas 6: 9), con Noé (Gen. 6 y 9), con Abraham (Gé 17:10), con Moisés (Éx19), con David (2 Sam. 7 y Salmo 89), y el “nuevo pacto” (Jer. 31; 33; Lucas 22:20; 2 Co 3:6; He 12: 24). La promesa principal en los pactos enfocaba siempre a la persona y la obra de Cristo y Su propósito de ser nuestro único y suficiente Salvador. La promesa de pacto se resume con: “Y seré vuestro Dios y vosotros serás mi pueblo” (Ge 17:7-8; Jer 31: 33; 2 Co 6:16; Apo. 21:3). Esta afirmación expresa el deseo de Dios de tener una relación intima y personal con Su pueblo, algo que Él establece solemnemente y eternamente por la sangre de Jesucristo (Lucas 20:24).

La perspectiva de pactos es la clave para comprender correctamente las Escrituras, desde Génesis hasta Apocalipsis. Cada pacto en la Biblia sobreedifica sobre el anterior y va añadiendo al mensaje de la persona y obra de Cristo dándole enfoque y cumplimiento a todas las Escrituras y sus promesas (“todas las promesas de Dios son sí y amén en Él.” 2 Co 1: 20). Aún la venida de Cristo, en la que se cumple todo el “Nuevo Testamento” o nuevo pacto, es el cumplimiento de los antiguos pactos con Abraham y David– o sea, las promesas anteriores dadas a los patriarcas y al rey David se cumplen en el Nuevo Testamento en Cristo (Lucas 1: 55, 72, 73; 2:11).

En la perspectiva de los pactos en la Biblia vemos a Dios estableciendo un pacto con Adán, el primer hombre — tal pacto fué quebrantado por Adán (Oseas 6:7), y con Adán todos nosotros quebramos el pacto (Ro. 5:12-17), por lo que la raza humana está hoy ajena a las promesas dadas en tales pactos (Ef 2: 12). Este primer pacto de Dios con Adán, y a través de él con la raza humana, se conoce como el “Pacto de Obras”, puesto que por tal pacto Dios prometía a Adán y a su descendencia vida eterna por simple obediencia a Dios. Desde la desobediencia de Adán (Gé 3) este pacto, aunque todavía es demandado por Dios, no obstante, no está en vigencia para salvación, o sea, el hombre no puede ejercer obediencia perfecta a Dios, por lo cual no hay opción de salvación por la fuerza de la voluntad del ser humano al tratar de obedecer los mandamientos de Dios. Esta incapacidad se debe a que en el ser humano “el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil,” o sea, el ser humano posee hoy una naturaleza pecaminosa (Ro. 3: 10-12, 23).

Por cuanto el hombre quebrantó el pacto de obras en el que Dios le prometía vida eterna por obediencia, y siendo que el ser humano no puede obedecer totalmente y adecuadamente toda la perfecta voluntad de Dios, Dios hizo otro pacto, conocido como “el Pacto de Gracia,” por medio del cual Él establece a Cristo como el cumplidor de todos las condiciones expresadas por los mandamientos de Dios. Cristo cumple a favor de Su pueblo toda la justicia requerida por perfecta obediencia, y cumple todo castigo requerido por transgresión de los mandamientos. Dios establece a Su Hijo como el substituto del castigo merecido por las faltas de Su pueblo. Por lo tanto, Cristo cumple el pacto de obras (Ro. 5:14-17) al tomar “carne y sangre,” o sea la culpabilidad de Su pueblo. Esto quiere decir que Cristo vive la vida que nosotros no hemos podido vivir y muere la muerte que nosotros merecíamos (y merecemos). Por lo tanto, Él ha ganado y pagado nuestra salvación y todas las bendiciones pendientes de la misma para aquellos a los cuales Él representó. Aquellos que “el conoció, llamó, justificó y glorificó” (Ro 8:29-30) sólo éstos constituyen Su pueblo redimido por Su gracia.

Un apunte teológico importante de la PCA es su creencia que los pactos demuestran que Dios es un Dios amoroso y filial, o sea, Dios incluye a los hijos de Su pueblo como receptores también de las promesas de salvación, incluyendo las ordenanzas que señalan y sellan la fe de los padres creyentes (Hechos 2:39 “la promesa es para vosotros y vuestros hijos”). Esto se ve en todos los pactos: Adán y la raza humana; Eva y su semilla, Noé y su descendencia, Abraham y su descendencia, David y su descendencia; y finalmente, el creyente es hoy la descendencia, “hijos de Abraham por fe en Cristo” (Gen. 3:9, 16, 29). Los hijos de los creyentes se distinguen por llevar la señal de las promesas dada a sus padres lo cual hace que una iglesia Reformada capacite a los padres a guiar a sus hijos para establecer el propósito del matrimonio, que es lograr una descendencia para Dios (Mal 2: 15; Isa 59: 21; 1 Co 7: 14).

 A los hijos del pueblo bajo pacto se les extienden, por mandato de Dios, las promesas y ordenanzas dadas a sus padres y se les cría como “hijos de promesas” (Hechos 2:29, Ef. 6:1-3, Gé 17:10, 1 Co 7:14).

 4. La Ley de Dios

La cuarta marca de la PCA es la “Ley de Dios”. Todo corazón humano, y especialmente del creyente, comprende que la ley moral de Dios expresada en los Diez Mandamientos, son una regla ética o de conducta para el hombre (Ro 2: 15) y más para el pueblo salvado por la gracia de Dios, mediante la sangre de Cristo. O sea, “no cometerás adulterio” (en Éx 20: 14) todavía es vigente en el siglo XXI. Cristo, quien es la imagen de Dios, es el “mismo, ayer, y hoy, y por los siglos” (He 13: 8). La norma moral de Dios no cambia con los cambios sociales y culturales del ser humano.

Pero es importante reconocer que en una iglesia Reformada se entienden los Diez Mandamientos no como requisitos, sistema o método para lograr o asegurar la salvación, o que el hombre sea santificado por ellos. La salvación siempre ha sido, y es, por fe en Cristo, aún en el Antiguo Testamento, ya que los sacrificios, rituales etc., apuntaban todos a Cristo. Pero, no obstante, la ley de Dios es la revelación del carácter de Dios y lo que Él espera de Su pueblo, al cual redimió por gracia por medio de la fe en Cristo solamente. Aun el Antiguo Testamento enseña que los diez mandamientos se dieron a un pueblo ya redimido (Éx 20:2) por la sangre de los corderos sacrificados y puesta en los postes de sus casas en la noche antes del éxodo). Y sí afirmamos que la ley de Dios regula el corazón del ser humano (Ro. 2:15). La ley de Dios tiene tres usos para nosotros en el presente:

 (1) La ley moral de Dios es aplicable para conocer cómo el hombre deberá vivir ante Dios y como una sociedad puede sostenerse puesto que la ley revela la voluntad de Dios, y revela cómo opera la vida y el corazón.

(2) La ley moral de Dios también es aplicable para revelar nuestros pecados (Ro. 3:20; 7:7). Por medio de la Palabra de Dios, específicamente los Diez Mandamientos, podemos comprender en dónde y en qué fallamos delante de Dios, y qué es lo que hay en nuestro corazón. De esta manera la Ley de Dios sirve como un “ayo para llevarnos a Cristo” (Gal. 3:24). La ley demuestra mi necesidad de un Salvador “Santo”, como sólo lo es Jesús (He 7: 26-28). La ley demuestra la vida que Cristo vivió a nuestro favor y demuestra por qué Él tuvo que morir, por mis transgresiones al pacto de Dios con tales decretos expresados en mandamientos. La obra de Cristo en la cruz se describe como: “...anulando el acta de decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola del medio y clavándola en la cruz” (Col. 3:14).

(3) Una tercer uso, es que una vez que veo mi pecado por la ley, y pongo mi fe en Cristo (y vivo en esa fe en él), la ley me demuestra cómo se verá (o deberá ver) mi vida, pero lo hace sin darme temor de condenación, ya que “no hay condenación para los que están en Cristo” (Ro 8:1, 3). Para el creyente, la Ley no es un recurso de santificación tampoco, sino que el Espíritu de Dios trae el “fruto” de una vida que cumple la ley con las virtudes que la ley demandaba (Gal. 5:22-23).

 5. La iglesia

La quinta marca de la PCA es que comprende bíblicamente el alto y digno llamado de la institución y el propósito de la Iglesia.  En el mundo moderno hay iglesias que son estructuradas como una empresa. Otras son como un imperio con su rey y su corte. Otras son estructuradas como un espectáculo para entretener (“una noche de milagros o de avivamiento”). Otras se forman sin estructura, o son “guiadas por el espíritu”. Estos sistemas se ven en iglesias sin denominación o modernas, en instituciones tradicionales, como la católica o episcopal y en “centros” de eventos, respectivamente. La iglesia es un organismo, el cuerpo de Cristo, pero también tiene un sistema ordenado de cuidado espiritual con una estructura de autoridad.

 Al dar un bosquejo de la iglesia, su naturaleza, propósito y gobierno, vemos que en realidad esta comenzó desde el Antiguo Testamento, y continúa en el Nuevo. En el Antiguo Testamento la iglesia creía en la promesa del Mesías; en el Nuevo Testamento cree que ya el Mesías vino, y es Jesucristo (Mat. 16:16, 18, la roca donde Cristo edifica es la confesión que Pedro ha dado sobre Cristo). La unidad entre los pueblos del Antiguo y Nuevo Testamento existe por la unidad de las promesas de los pactos de Dios. Las frases que se leen en el Nuevo Testamento sobre la iglesia: “pueblo de Dios”, “nación santa”, “real sacerdocio” (1 Ped. 2:9-10), son frases que describían al pueblo en el Antiguo Testamento (Ef. 2: 19-22; 1 Ped. 2:9-10). La diferencia del antiguo pueblo al nuevo pueblo es sólo que el nuevo pueblo ha recibido todas las bendiciones, por medio del esperado, y ya presente, Ungido de Dios, el Mesías. Al venir Cristo, en cumplimiento de los pactos en el Antiguo Testamento (Lucas 1: 55, 73; Ro. 15: 8; Hechos 2:19; Gal. 3), el pueblo del Nuevo Testamento es aquél que recibe la mediación directa y los beneficios logrados por el sacrificio de Cristo, hecho una vez y para siempre. En el día de Pentecostés (Hec. 2), Cristo mandó Su Espíritu, como evidencia de que Él era el Cristo y Señor (Hec 2:36); y todas las promesas de Dios son en Él, sí y amén…para la gloria de Dios (2 Cor. 1:20).

 Ante un concepto tan elevado de la iglesia, su gobierno y liderazgo tiene que ser tal como la Biblia lo dice. En una iglesia reformada, la Biblia demuestra que es, primeramente, un organismo (“cuerpo de Cristo”), cuya cabeza (director y principal) es Jesucristo. Y así como un cuerpo está muerto sin el espíritu (San. 2: 26), el Espíritu Santo es quien aviva el cuerpo. Por lo tanto,  la iglesia es ministrada por el ’fuego del don de Dios’ en Su pueblo  (2 Tim. 1:6) a través de sus dones espirituales (Ro. 12; 1 Ped. 4; Ef. 4).

 Pero la Iglesia es también una congregación organizada, una asamblea. En el Antiguo Testamento tal asamblea era dirigida por “ancianos”. Estos eran personas ejemplares y experimentadas con madurez espiritual dentro del pueblo de Dios. En el Nuevo Testamento vemos el mismo patrón de dirección practicado en las sinagogas. Por lo tanto, en las iglesias neotestamentarias que formaba el apóstol Pablo, se establecían “ancianos” (Hechos 14: 23), y así mismo en las ciudades (Tito 1: 5). Por lo tanto, los líderes de la ciudad de Éfeso eran los ancianos (Hechos. 20: 17). Estos eran también los “pastores” de la iglesia (v. 28 “para apacentar la grey de Dios”. Igual que en 1 Ped. 5:1-2, quienes “trabajan (griego: trabajan arduamente) en predicar y enseñar” (1 Ti 5:17), “cuidando de la grey” (1 Ped. 5:2; Hechos 20:28), “velando por las almas” (He. 13:17), “amonestando” (1 Tes. 5:12), “exhortando con sana enseñanza y convenciendo a los que contradicen” (Tito 1:9). La enseñanza doctrinal es tan importante en la iglesia, que el único requisito práctico de un anciano es que sea “apto para enseñar” (1 Tim. 3:2); esto es, que sea “retenedor de la palabra fiel, tal como ha sido enseñada” (Tito 1: 9). Y la enseñanza era aplicada primeramente a su misma vida, dándole una calidad ejemplar de vida (1 Ti 3: 1-7; Tito 1:7-9); incluyendo la capacidad de enseñar fundamentalmente a su hogar (Tito 1: 6; 1 Ti 3: 4).

La iglesia es dirigida doctrinalmente por los ancianos, pero también es servida prácticamente y compasivamente por los diáconos, quienes a su vez también eran hombres de la Palabra (Hechos 6: 1-7; 1 Ti. 3:8-13). Los diáconos ministraban bajo la autoridad de los ancianos a las necesidades prácticas de los miembros de la iglesia, relevando la carga del anciano (ministros) para la Palabra y la oración (Hechos 6:4).

Un aspecto de la función de la iglesia bajo sus líderes es la correcta administración de las ordenanzas de la iglesia, siendo estos los “sellos y señales” del nuevo pacto. En el nuevo pacto sólo hay dos ordenanzas: el bautismo y la cena del Señor. Una ordenanza es un ritual físico, instituido por la palabra de Dios, donde Dios sella y señala la promesa del pacto de gracia.

 El bautismo es la ordenanza de iniciación en la comunidad del nuevo pacto. El bautismo representa el lavamiento por la sangre de Cristo y la continua renovación del Espíritu Santo (Tito 3:5). El bautismo es la señal del nuevo pacto que remplaza la antigua señal de la circuncisión (ver Col. 2:11-12). Este ritual marca al creyente en su iniciación y participación en los beneficios de la muerte y resurrección de Cristo. Tal señal y sello se aplica a los creyentes y a sus hijos (Hechos 2: 39 “la promesa es para vosotros y para vuestros hijos”). El bautismo señala y sella la promesa de Dios de lavar nuestros pecados por la obra de Cristo. Y al igual que la señal de circuncisión se aplicaba a los hijos de Abraham, así la señal se aplica a los hijos de los creyentes (Gén. 17:7; Col. 2:11-12). Esto es lo que la Biblia significa al hablar de bautismo de “la familia” o “los suyos” en pasajes bíblicos (carcelero, Hechos 16:15; Lidia, v. 33; y Estéfanas, 1 Co 1:16). Con base en este bautismo: “vuestros hijos…ahora son santos” (1 Co 7:14). La señal del bautismo es el sello de la promesa de Dios hecha de generación a generación y tantas veces mencionada en la Biblia hacia los hijos de su pueblo (Isa. 59:21; Hechos 2:38-39). Por lo tanto, los padres creyentes le extienden a sus hijos la ordenanza del bautismo como la señal y sello de la promesa de Dios hacia ellos del nuevo pacto en la cual Dios se compromete a salvar a los creyentes y sus hijos (“tú y tu casa”, Hechos 16:31; “la promesa es para vosotros y vuestros hijos”, Hec. 2:39). Dios promete esta salvación por medio de la muerte y resurrección de Jesucristo, lo cual el bautismo es la figura de Su muerte y resurrección (Ro 6:3-5) al igual que lo era la circuncisión en el antiguo pacto (Gé 17:10-13; Col 2:11-12).

 La cena del Señor es la ordenanza memorial del nuevo pacto. Así como en el antiguo pacto el pueblo de Dios guardaba la Pascua, comiendo una cena conmemorativa (Éx. 12), el nuevo pacto tiene la cena conmemorativa del cuerpo y sangre de Cristo, tal como Él la instituyó (Lucas 22:20; 1 Co 11: 23-26), “porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificado por nosotros” (1 Co 5: 7). Esta cena significa y sella nuestra continua asimilación de los beneficios que Cristo compró con Su muerte y selló con Su resurrección. La cena del Señor no es algo carnal o corporal (literalmente comer físicamente de Su cuerpo o beber corporalmente de Su sangre), sino que es una cena real y espiritual donde asimilamos los beneficios otorgados por Su cuerpo y sangre, logrados dos mil años atrás (literalmente), pero representados hoy a los ojos de fe del creyente y por obra del Espíritu Santo, a los que “disciernen” el cuerpo de Cristo en los elementos (1 Co 11: 29). En la Cena del Señor existe una comunión real y espiritual, una participación y comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo (1 Co 10: 21). No es literal, corporal o física, pero tampoco es un simple memorial.

 6. El Reino de Dios

La sexta marca de la PCA es el compromiso con el Reino de Dios. En el pacto de gracia, Dios mismo promete venir a la tierra para morar con Su pueblo. Esto se ve cumplido en Apocalipsis 21:3: “el tabernáculo de Dios es con los hombres”. Dios siempre ha deseado habitar con Su pueblo y revertir el efecto del pecado para que corra la justicia como ríos en la tierra. Este es el significado de la palabra “paz”, en hebreo, shalom.

 Dios siempre ha demostrado Su deseo de habitar con el ser humano. En el Huerto del Edén, Dios demostró la manifestación de Su reino en la tierra. En el tabernáculo del desierto y el Templo de Salomón Dios demuestra la comunión basada en un sacrificio de sangre y hecho por un ungido que fuera sumo sacerdote, un efectivo mediador. En la promesa de la “tierra que fluye con leche y miel” prometida a Su pueblo en el pacto con Abraham y Moisés, hay otros detalles que apuntan a lo que Dios quiere hacer sobre la tierra: dar bendición. En el pacto con David, Dios enfatiza la venida de un Rey, cuyo reino no tendrá fin; al igual que en Daniel (7). La historia aguardaba la venida de Dios a la tierra para deshacer y cambiar las consecuencias de la caída de Adán y los efectos del pecado, la maldición y la adicción a la vanidad (Ro. 8:20; Eclesiastés). Cuando Jesucristo vino, su mensaje, al igual que el de Juan el Bautista fue: “el reino de los cielos se ha acercado”. Esto era la anticipación del Mesías, el “ungido de Israel” (Lucas 2:10-14; 4:14-21, 43).

 Una iglesia reformada predica la venida del reino que ya ha llegado en la persona y obra de Cristo pero que todavía espera por su consumación y completa manifestación. El reino está ahora aquí comenzado pero no completo. Este reino ha llegado en la persona, ministerio y obra de Cristo, y espera su segunda venida. Jesucristo es ahora Rey en el cielo, sentado a la diestra de Dios esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies (1 Co 15:25, “es preciso que Él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo…es la muerte”). Cristo reina hoy, pero este reino, aunque ya está, todavía no se manifiesta del todo, o se ve en su pleno fulgor. Aguarda la segunda venida de Cristo para establecer su reino en los nuevos cielos y la nueva tierra donde more la justicia. “Allí no habrá más muerte”; o sea, quedará erradicada la caída del hombre en la Nueva Jerusalén, donde habrá “cielos nuevos y tierra nueva” (2 Pe 3:13).

 El reino de Dios revierte las injusticias y levanta la condición del ser humano. La iglesia reformada es una iglesia que tiene compasión por la necesidad del pobre, del inmigrante y del vulnerable, tal como Dios revela Su reino en Salmos 146: 7-10. El reino es manifestado así mismo en la vida de Jesucristo (parábola del buen Samaritano y los Talentos). La compasión con el necesitado demuestra y destaca cómo es que Dios actuó al mandar a Cristo como nuestro Salvador.

Distintivos:

Los párrafos anteriores ya nos han mencionado marcas importantes de la PCA. No obstante, los siguientes puntos delinean otros distintivos fundamentales:

1.    La Biblia es la Palabra de Dios inspirada, inerrante, infalible y suficiente. La única regla de fe y práctica para el creyente (2 Tim 3:16; Mat. 4:4, etc.), y su más preciso y correcto resumen doctrinal del sistema de verdades en la misma, como se establece en la Confesión de Fe de Westminster.

2.    La Trinidad. Dios es Trino. En la esencia singular de Dios existe en tres diferentes personas, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, quienes comparten toda la esencia divina, sin división ni confusión, y estos tres son uno.

3.    La unidad esencial del Antiguo y Nuevo Testamento, por medio de los pactos de Dios explicados en la Biblia. Esto hace que el pueblo de Dios del Nuevo Testamento, la iglesia, sea un mismo pueblo que el de antes de la venida de Cristo y comparte las mismas promesas de salvación en ambas épocas. El Dios de pacto es fiel a Sus promesas hacia el creyente y su familia, incluyendo a sus hijos en todas las generaciones. Los hijos de creyentes deberán de recibir la señal y sello del nuevo pacto (bautismo y cena del Señor) como miembros de la congregación del Mesías esperado y ahora aclamado.

4.    La salvación es obra de Dios Padre, quien elige y predestina a Su pueblo para la salvación; Dios Hijo, quien cumple y efectúa la salvación en Su vida, muerte y resurrección y Su presente sesión ante el Padre, y por el Espíritu Santo, quien aplica a la vida del creyente la obra cumplida por Cristo y las bendiciones recibidas por Su sacrificio. La capacidad de responder al evangelio en arrepentimiento y fe son también frutos comprados por Cristo que garantizan la salvación de su pueblo, y traídos al pecador por el Espíritu, en la regeneración (esto es, nacer de nuevo, Juan 3:3-6; Tito 3:5). Tal salvación es siempre por gracia y se recibe solamente por fe por obra de voluntad propia (Ef. 2:8-9; Juan 1:13; 3: 3, 5).

5.     Los 5 “solos” de la época de la Reforma (1500-1600 d. C.):

(1)    Sólo Cristo, (2) Sólo la Biblia, (3) Sólo la Fe, (4) Sólo la Gracia, y (5) Sólo a Dios, gloria

6.    Las creencias conocidas como las Doctrinas de la Gracia

(1) Depravación total del hombre. Esto significa que no hay nada que el hombre pueda hacer para merecer, alcanzar o prepararse ante Dios para ser salvo. El ser humano en pecado no puede hacer nada para merecer o responder favorablemente a la salvación.

(2) Dios elige incondicionalmente a Su pueblo, por el cual solamente Cristo hará Su obra, todo por Su pura gracia y por el beneplácito de Su propia voluntad, y para Su propia gloria, sin que haya ningún mérito u obra en los salvos, ni por presciencia de algo en ellos o alguna acción de su parte.

(3) Cristo vino a morir por Su pueblo. La Intención de Dios en tal sacrificio de Cristo fue (es) efectuar (no ofrecer, ni dar la oportunidad para la salvación de Su pueblo. La intención de la muerte de Cristo es derramar Su sangre a favor de aquellos que el Padre le dio.

 (4) Cuando Dios salva, lo hace a través de un llamado irresistible; o sea, que no se puede resistir, y eficaz, dando y comunicando vida al pecador (así como Cristo llamó a Lázaro de la tumba cuando muerto). El llamado de Dios en el evangelio concede, por medio del Espíritu Santo, la vida (regeneración), nacer de nuevo, al pecador; y por medio de este llamado que cambia su disposición y libra su albedrío, el pecador responde favorablemente al evangelio, o sea, a ejercer arrepentimiento hacia Dios y fe en Jesucristo.

(5) La perseverancia del creyente. Aquellos por quienes Cristo acredita la justicia de Su vida y Su muerte reciben toda gracia y toda bendición y provisión espiritual que les hace perseverar en fe y en obediencia (no obstante imperfecta en esta vida), y por lo tanto, no pueden perder la salvación, puesto que esta depende de la obra de Cristo.

Creencias

El prefacio al libro de orden de la PCA ofrece un buen resumen de las creencias de la PCA.

I. El Rey y la Cabeza de la Iglesia

Jesucristo, sobre cuyos hombros descansa el gobierno, cuyo nombre es llamado Dios, Todopoderoso, Consejero, Maravilloso, el Padre Eterno, el Príncipe de paz; de quien el incremento de su gobierno y de su paz no verá fin, quien se sienta en el trono de David, y en su reino para ordenarlo y establecerlo con juicio y justicia desde ahora en adelante e incluso para siempre (Isaías 9:6-7), que tiene todo el poder que le fue dado en el cielo y sobre la tierra por el Padre, quien lo resucitó de entre los muertos y lo sentó a su propia diestra, muy por encima de todo principado y poder y trono y dominio y de cualquier nombre que sea nombrado, no sólo en este mundo, sino también en aquel que vendrá, y que puso todas las cosas bajo sus pies y le dio que fuera Él la cabeza sobre todas las cosas de la Iglesia, que es su cuerpo, y la plenitud de Él que lo llena todo en todo (Efesios 1:20-23); El, que ascendió por encima de los cielos, que Él pueda llenar todas las cosas, recibió dones para su Iglesia y proporcionó todos los oficios necesarios para la edificación de su Iglesia y el perfeccionamiento de sus santos (Efesios 4:10-13).

Jesús, el Mediador, el único Sacerdote, Profeta, Rey, Salvador y Cabeza de la Iglesia, contiene en sí mismo, por manera de eminencia, todos los oficios de su iglesia y mucho de sus nombres le son atribuidos en las Escrituras. Él es Apóstol, Maestro, Pastor, Ministro, Obispo, y el único Dador de leyes en Sion.

Pertenece a su Majestad en su trono de gloria el gobierno y la enseñanza de la iglesia mediante su palabra y su Espíritu a través del ministerio de los hombres; así en forma mediata ejerce su propia autoridad y pone en vigencia sus propias leyes, hasta que se edifique y establezca su reino.

Cristo, como Rey, ha dado a los oficiales de su iglesia, oráculos y ordenanzas, y especialmente les ha ordenado su sistema de doctrina, gobierno, disciplina y culto de adoración mediante ellos, todos los cuales están o expresamente estipulados en las Escrituras o mediante buenas y necesarias inferencias, pueden deducirse de ellas; y a esas cosas que Él ordena nada debe agregarse y nada debe eliminarse.

Desde el ascenso de Jesucristo al cielo, Él está presente en su iglesia mediante su Palabra y su Espíritu, y los beneficios de todos sus oficios son eficazmente aplicados por el Espíritu Santo.

II. Principios preliminares

La Iglesia Presbiteriana en América, al establecer la forma de gobierno fundada en la Palabra de Dios y de acuerdo con la misma, reitera los siguientes grandes principios que han regulado la formación del plan:

1.    Sólo Dios es el Señor de la conciencia, y la ha dejado libre de las doctrinas y mandamientos de los hombres que son (a) en cualquier aspecto contrarios a su Palabra, o (b) exceptuando en asuntos de fe o en asuntos de adoración no son gobernados por la Palabra de Dios. Por tanto, los derechos del juicio privado en todos los asuntos que conciernen a la religión son universales e inalienables. Ninguna constitución religiosa debe ser apoyada por el poder civil, excepto en lo que pudiera ser necesario para protección y seguridad igual y común a todos los otros.

2. En perfecta coherencia con el principio anterior, cada iglesia cristiana, o unión o asociación de iglesias particulares, puede declarar los términos de admisión a su comunión y los méritos de sus ministros y miembros, como así también todo el sistema de su gobierno interno que Cristo ha nombrado. En el ejercicio de este derecho puede, sin embargo, equivocarse al establecer los términos de la comunión haciéndolos o muy laxos o muy restrictivos, pero aún en tal caso, no infringe la libertad o los derechos de los otros, sino solamente que efectúa un uso inapropiado de libertad de derechos propios.

3.    Nuestro bendito Salvador ha nombrado oficiales no sólo para predicar el Evangelio y administrar los Sacramentos sino también para ejercer disciplina para preservar tanto la verdad como el deber, con el fin de la edificación de la iglesia visible, que es su cuerpo. Incumbe pues a estos oficiales y a toda la iglesia en cuyo nombre, tales oficiales actúan, censurar o expulsar a los miembros erróneos y escandalosos, observando en todos los casos las reglas contenidas en la Palabra de Dios.

4.    La Divinidad se fundamenta en la verdad. Una prueba de verdad es su poder para fomentar la santidad de acuerdo a la regla de nuestro Salvador, "por sus frutos los conoceréis (Mat.7:20)". Ninguna opinión puede ser más perniciosa o más absurda que aquella que pone a la verdad y a la falsedad en el mismo nivel.

Por el contrario, hay una conexión inseparable entre fe y práctica, entre verdad y deber. De otra manera no tendría importancia descubrir la verdad o aceptarla.

5.    De acuerdo a la convicción del principio anterior, si bien es necesario formular provisiones eficaces para que todos los que sean admitidos como maestros tengan una fe firme, hay verdades y formas con respecto a las cuales los hombres de buen carácter y principio pueden diferir. Respecto de ellas es el deber tanto de los cristianos individuales como de las sociedades cristianas ser mutuamente pacientes entre sí.

6.    Aunque el carácter, méritos y autoridad de los oficiales de la Iglesia están especificados en las Sagradas Escrituras, como también lo está el método apropiado de investidura del oficial, el poder para elegir personas que ejerzan la autoridad en cualquier sociedad en particular reside en esa sociedad.

7.    Todo el poder de la Iglesia es solamente ministerial y declaratorio puesto que las Sagradas Escrituras son la única regla de fe y de práctica, sea que el poder de la iglesia sea ejercido por el cuerpo en general o por una representación. Ningún tribunal de la iglesia puede hacer leyes que coaccionen la conciencia. Todos los tribunales de la iglesia pueden equivocarse debido a debilidad humana; sin embargo, es su deber aplicar las leyes de las Escrituras aunque esta obligación sea impuesta a hombres falibles.

8.    Puesto que la disciplina eclesiástica debe ser puramente moral o espiritual en su objetivo, y no atiende a los asuntos civiles, no puede derivar ninguna fuerza sino de su propia justicia, la aprobación de un público imparcial y el apoyo y la bendición del gran Cabeza de la Iglesia.

Si se siguen fielmente los anteriores principios bíblicos, el vigor y el rigor de su gobierno y su disciplina, aplicados con la prudencia pastoral y el amor cristiano contribuirán a la gloria y el bienestar de la Iglesia.

III. Definición de la Constitución

La Constitución de la Iglesia Presbiteriana en América, que está sujeta y subordinada a las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamentos, la Palabra de Dios inerrante, consiste en sus normas doctrinales establecidas en la Confesión de Fe de Westminster, junto con el Catecismo Mayor y el Catecismo Menor, y el Libro de Orden de la Iglesia, el cual comprende la Forma de Gobierno, Las Reglas de Disciplina y El Directorio del Culto, de acuerdo con lo aprobado por la Iglesia.